Glaucoma: el enemigo silencioso que puede robarte la vista sin que lo notes

Hay enfermedades que molestan, duelen, incomodan. Hay otras que avanzan en silencio. El glaucoma pertenece a este segundo grupo; puede desarrollarse durante años sin dar señales claras y, cuando aparecen los síntomas, el daño ya es irreversible. Y puede ser grave: el glaucoma es una de las principales causas de ceguera en el mundo y, sin embargo, casi la mitad de las personas que lo tienen no lo saben. 

El glaucoma es una enfermedad que daña el nervio óptico, la estructura que conecta el ojo con el cerebro y permite que podamos ver. En muchos casos, ese daño está relacionado con un aumento de la presión dentro del ojo, aunque no siempre es así. 

Lo más traicionero es que el cerebro compensa durante años lo que el ojo ya no ve. Por eso, cuando una persona empieza a notar que algo falla, el nervio puede haber perdido hasta el 40% de su función. La buena noticia es que se puede frenar si se detecta a tiempo.

¿Cómo ve una persona con glaucoma?

En etapas iniciales del padecimiento, la persona con glaucoma no ve nada raro. A medida que la enfermedad progresa, el campo visual se va achicando desde los bordes hacia el centro. Es como mirar a través de un tubo: lo que está delante se ve, pero el entorno desaparece.

Cualquier persona puede tener glaucoma, pero hay grupos con mayor riesgo:

  • Mayores de 40 años, especialmente a partir de los 60.
  • Personas con antecedentes familiares de glaucoma. 
  • Quienes tienen presión ocular elevada, aunque no tengan síntomas.
  • Pacientes con miopía alta o hipermetropía alta. 
  • Personas con diabetes, hipertensión o enfermedades vasculares. 
  • Quienes hayan usado corticoides por tiempo prolongado. 

No se puede evitar que aparezca, pero sí prevenir el daño. La clave es el control. Un examen oftalmológico completo permite medir la presión ocular, evaluar el nervio óptico y analizar el campo visual. Son estudios simples e indoloros.

Tratamiento: ¿siempre implica cirugía?

El glaucoma más frecuente es el de ángulo abierto, que avanza lentamente y sin síntomas. Existe también el glaucoma de ángulo cerrado, menos común pero más agudo, que puede provocar dolor intenso, enrojecimiento y visión borrosa. Hay otros tipos, pero todos comparten un punto: requieren diagnóstico y seguimiento.

En la mayoría de los casos, el tratamiento comienza con gotas oftálmicas que ayudan a reducir la presión dentro del ojo. Son efectivas, pero requieren constancia. Saltarse aplicaciones o abandonar el tratamiento puede hacer que la enfermedad avance. En algunos pacientes, se indican tratamientos con láser o cirugía. Cada caso es distinto y debe ser evaluado por el especialista.

El glaucoma no da segundas chances, pero la medicina sí puede darte tiempo si actuás antes de que el daño sea irreversible. Ante cualquier duda consultá a tu médico.

Fuentes: Consejo Argentino de OftalmologíaAmerican Academy of Ophthalmology; MedlinePlus; Mayo Clinic

Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *