El dilema de las vacaciones de invierno: ¿llenar la agenda o dejar que se aburran?

Se vienen dos semanas de vacaciones de invierno y, para muchas familias, con ellas llega una pregunta que genera cierta ansiedad: ¿qué hacemos con los chicos? Después de meses de rutina intensa -escuela, actividades extracurriculares, horarios fijos- de golpe aparecen quince días en casa y el desafío de encontrar el equilibrio. ¿Conviene organizar planes todo el tiempo para que no “pierdan ritmo”? ¿O está bien bajar un cambio y dejar espacio para que, simplemente, no pase nada?

Para la psicóloga infantojuvenil Camila Guiñazú, de Avera Medicina Privada, las vacaciones deberían ser un paréntesis. No solo como tiempo libre, sino como una oportunidad para bajar exigencias, recuperar energía y fortalecer vínculos familiares. “Durante años se consideró el aburrimiento como algo negativo, pero hoy sabemos que tiene funciones importantes: favorece la creatividad, la imaginación y promueve la autonomía”, explica. Y agrega una idea clave: “Cuando un niño dice ‘me aburro’, no necesariamente hay que resolverlo de inmediato”.

Ese vacío, ese rato sin estructura, puede ser el inicio de algo propio: inventar un juego, explorar intereses o simplemente aprender a estar con uno mismo. En tiempos donde todo parece estar programado, ese espacio libre vale oro. De hecho, Camila advierte que una agenda demasiado cargada -entre talleres, deportes, salidas y pantallas- puede terminar reduciendo el juego libre y la iniciativa propia. “Lo ideal sería que las vacaciones no terminen por convertirse en una escuela paralela”, resume.

El problema aparece en los extremos: ni una agenda tan cargada que convierta el receso en una extensión de la rutina escolar, ni un vale todo sin ninguna referencia.

“Los niños necesitan previsibilidad y estructura”, señala la experta. Por eso recomienda sostener ciertos organizadores básicos, como horarios de sueño y comida relativamente estables. Y advierte: “Las alteraciones importantes del sueño impactan en el estado de ánimo, la atención y la regulación emocional”.

También la alimentación suele alterarse durante el receso: más golosinas, ultraprocesados y picoteo desordenado. Para Camila, no se trata de controlar rígidamente, sino de sostener cierta organización e, incluso, aprovechar el tiempo compartido para cocinar juntos y fortalecer hábitos saludables.

La psicóloga Alejandra Guiñazú, también de Avera, pone el foco en algo simple pero central: escuchar. “Hablar con ellos, escuchar qué quieren, no obligar, ceder un poco a las ideas”, aconseja. Porque muchas veces los mejores planes no requieren salir de casa. “Si hace frío o llueve, se puede acampar en el comedor, dejar que las ideas fluyan”.

Alejandra rescata el valor emocional y cognitivo del aburrimiento. “Aparece la frustración, el enojo del ‘estoy aburrido’, y ahí es cuando los padres acompañan en el desarrollo. No deben perder la calma”, explica. Pero además remarca que esos momentos entrenan habilidades concretas: atención, memoria y regulación emocional. En otras palabras: tolerar ese malestar también es parte de crecer.

Y ese acompañamiento, dice, no pasa por “resolver” todo, sino por estar. Estar disponibles, presentes, compartir tiempo, jugar, escuchar. “Los padres tienen que cuidarles la infancia a sus hijos”, resume.

En esa línea, las pantallas suelen ser la salida rápida, pero no siempre la más saludable. “Cambiar dispositivo por pizarra, cartulina, revistas para recortar, juegos de mesa o contar historias”, propone Alejandra.

Camila suma un matiz importante: más allá de la cantidad de horas, también importa la calidad del contenido, si se alterna con otras actividades y si hay interacción social. El problema aparece cuando las pantallas se convierten en la única fuente de entretenimiento.

Pero Alejandra agrega otro punto incómodo y necesario: el ejemplo de los adultos. “En la clínica escucho mucho a los peques decir: ‘no se les puede hablar porque siempre están con el celular’”. El mensaje es claro: no alcanza con limitar dispositivos si los grandes también están absorbidos por ellos.

Por su parte, la psicóloga Constanza Gómez Martínez aporta una distinción importante: no todo aburrimiento es igual. “Hay un aburrimiento saludable y esperable que es parte del desarrollo”, dice. Ese es el que obliga a poner en juego recursos propios, creatividad y autonomía.

Pero también hay otro tipo de aburrimiento que merece atención: “Si aparece apatía, angustia o irritabilidad sostenida, y nada de lo que se ofrece les interesa, ahí tenemos que observar”.

Constanza también alerta sobre la sobrecarga previa al receso. “El exceso de estímulo puede generar cansancio, poca energía e irritabilidad. Si no hay tiempo para juego libre, probablemente hay sobrecarga”. A eso se pueden sumar otras señales concretas: dificultades para dormir, frustración frecuente, desgano o ganas de abandonar actividades que antes disfrutaban.

Algunas claves para organizar las vacaciones sin agotarlos (ni agotarse)

  • No llenar todos los días de actividades: dejar huecos es tan importante como planificar.
  • Sostener rutinas básicas: dormir y comer más o menos en horarios ayuda a ordenar.
  • Alternar planes y días tranquilos: una salida al cine o a la plaza puede convivir con tardes en casa.
  • Cuidar la alimentación sin rigidez: ordenar comidas y cocinar juntos también puede ser parte del plan.
  • Limitar pantallas como única opción: mirar no solo cuánto tiempo usan, sino qué consumen.
  • Dar el ejemplo con los dispositivos: la relación de los adultos con las pantallas también enseña.
  • Escuchar qué quieren hacer: preguntar y negociar también es parte del descanso.
  • Aceptar el aburrimiento: no como un problema, sino como una oportunidad.

Las expertas de Avera coinciden en que tal vez la pregunta no sea cómo hacer para que los chicos no se aburran, sino cuánto espacio estamos dispuestos a darles para atravesar ese aburrimiento y transformarlo en algo propio.

Porque unas buenas vacaciones no son las que tienen más planes, sino las que dejan a los chicos volver a la rutina descansados, conectados con su familia y con ganas de empezar de nuevo.

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