“¿Dónde está mi mochila?” Por qué a los chicos les cuesta tanto organizarse

La mochila con un libro menos, la campera olvidada en la escuela, el cuaderno que «no sé dónde quedó» una vez más… En algún momento entre los tres años y la adolescencia algunos chicos pierden todo. Esta situación, que a veces cuesta no leer como desatención, falta de compromiso o, directamente, desinterés tiene, detrás, una razón científica. un cerebro en desarrollo.

Imaginá una torre de control de un aeropuerto: el controlador tiene que saber qué avión está por despegar, cuál está aterrizando y cuál debe esperar, todo al mismo tiempo. Algo parecido hace la función ejecutiva en nuestro cerebro. El Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard usa esta comparación para explicar un conjunto de habilidades que nos permiten organizar lo que pensamos y hacemos: la memoria de trabajo, que nos ayuda a retener y usar información; la flexibilidad mental, que nos permite cambiar de una tarea o pensamiento a otro; y el autocontrol, que ayuda a regular nuestras respuestas y evitar distracciones. 

Nadie nace con esta habilidad desarrollada sino con el potencial para hacerlo. Según Harvard, se pueden ver indicios de ese desarrollo poco después del nacimiento, pero el período entre los 3 y los 5 años es una ventana especialmente importante, y el proceso sigue madurando durante toda la adolescencia y hasta la adultez temprana. Es decir que un chico de 8, 10 o hasta 14 años todavía tiene, literalmente, un cerebro en obra. Pedirle el mismo nivel de organización que a un adulto es, ni más ni menos, pedirle algo que su cerebro todavía no terminó de construir.

¿Esto es TDAH?

La falta de atención es no es necesariamente un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) incluyen «perder u olvidar cosas con mucha frecuencia» entre los posibles signos de inatención, pero son eso, posibles signos, no un diagnóstico en sí mismos. 

Para hablar de TDAH tiene que haber un patrón de síntomas sostenido en el tiempo, que se repita en distintos ámbitos (en casa, en la escuela, con amigos) y que genere una dificultad real. Un chico que pierde la campera dos veces al mes no es lo mismo que un chico al que además le cuesta seguir instrucciones, terminar tareas, esperar su turno y quedarse quieto, de forma sostenida. Si este es un tema que te preocupa, la recomendación es hacer una consulta médica.

Así como un músculo, la función ejecutiva mejora con la práctica. Harvard tiene guías específicas de actividades por edad para fortalecerla, y muchas de ellas son cosas simples que probablemente ya hacés sin saber que estás entrenando justo esto:

  • En la primera infancia: juegos de «aparece y desaparece» (como esconder un objeto y buscarlo), rutinas simples y predecibles, canciones con gestos.
  • De 3 a 5 años: juegos de roles (jugar a la casita, al doctor), juegos de reglas simples («luz roja, luz verde»), ayudarlos a anticipar los pasos de una actividad («primero nos bañamos, después cenamos»).
  • De 5 a 7 años: juegos de mesa con turnos y reglas, armar rutinas visuales (una lista con dibujos de lo que hay que guardar en la mochila), inventar historias entre varios.
  • De 7 a 12 años: organizar tareas en pasos, checklists propias, juegos de estrategia, deportes en equipo.

El juego, de hecho, es una de las formas más efectivas de practicar estas habilidades: mientras juegan, los chicos ejercitan memoria, atención y autocontrol sin darse cuenta de que lo están haciendo. Pero hay algo aún más importante para ayudar a los chicos a transitar este proceso madurativo: la comprensión de los adultos, por ejemplo corriendo el foco del «por qué no puede acordarse» al «cómo lo acompaño mientras aprende a hacerlo».

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